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Todas las personas que leemos habitualmente sabemos que la lectura nos trae un montón de beneficios que no podemos explicar, aunque lo vivimos en carne propia. Nos relaja, nos enseña, nos conecta con otras realidades y nos hace ver intelectualmente sexys en el transporte público.
*voz de Joey Tribbiani* How you doin'?
Además, todos hemos leído noticias o artículos científicos que hablan sobre cómo la lectura nos ayuda a reducir el estrés, a mantener la plasticidad neuronal (y mejorarla), a generar experiencia para el aprendizaje significativo, a dormir mejor, y montón de cosas más.

Personalmente, la lectura me ha ayudado a resolver situaciones que me estaban ocurriendo por primera vez, pero que ya había vivido antes a través de un libro. Mi experiencia leyendo ficción es tan vívida, que una vez casi digo "te entiendo, me pasó cuando viví en España en el siglo XV" y me contuve a tiempo para que mi interlocutora no pensara que soy una de las regeneraciones de Doctor Who (que igual sí soy). Cuando viajé a Nueva York, mi mamá estaba sorprendidísima con mi repentina capacidad de orientación dentro de Manhattan, que adquirí gracias a mi adolescente afición a las novelas románticas de los años '20 situadas en la isla. Y cuando me bajó la menstruación por primera vez, no me asusté y pedí con calma una toallita femenina, porque a la protagonista de uno de los libros que había leído le había pasado y no era nada grave (por suerte, porque la educación sexual ni se mencionaba en mi escuela).

Esto es algo que siempre me llamó la atención, y cuando empecé a estudiar psicología descubrí que existe algo llamado aprendizaje significativo que es cuando aprendés cosas porque están ligadas a algún tipo de emoción, de modo que quedan arraigadas en tu repertorio de conocimientos o conductas. Por ejemplo, siempre nos quejamos porque podemos aprendernos canciones enteras en diez minutos, pero ESE concepto que tenés que estudiar no se te queda ni repitiéndolo mil veces. Y eso es porque el concepto no te interesa, o te genera ansiedad, en cambio las canciones te producen placer y felicidad, y por eso quedan vinculadas de manera más fácil a tu memoria.

La lectura, por supuesto, tiene el mismo efecto.


¿Es posible que la lectura nos ayude a mejorar nuestra empatía y habilidades sociales? A priori, para un lector asiduo, la respuesta a esta pregunta parece evidente. Pero ¿cómo podríamos comprobarlo científicamente? Me resulta fascinante el hecho de que, cuando leemos ficción, nos ponemos literalmente en los zapatos de un personaje, vivimos lo que él vive, sentimos lo que él siente e interactuamos con circunstancias y personas imaginarias. Existen estudios que dicen que el cerebro es incapaz de diferenciar una experiencia leída de una vivida realmente, y creo que la lectura de ficción necesariamente nos obliga a amoldarnos a la forma de pensar del protagonista de la historia: así es como simpatizamos con Juan Pablo en El Túnel, o con Humbert Humbert en Lolita. Las conductas de ambos personajes (el femicidio en el primero y la pederastia en el segundo) pueden resultarnos inadmisibles, pero el hecho de vivir la historia desde su punto de vista nos arrastra a, en cierta forma, comprender el lugar desde el que comete esos crímenes.

(Quiero aclarar que NO estoy justificando el femicidio ni la pederastia, sólo digo que comprender mejor a los perpetradores de estos crímenes puede ayudarnos a abordar mejor la temática y prevenir que los cometan. Como en Mindhunter, muy buena serie, véanla.)



Del mismo modo, ejercitar la capacidad de ponernos en el lugar del otro puede ayudarnos a resolver conflictos interpersonales, como por ejemplo una discusión en el trabajo, o una pelea entre niños en el ámbito escolar. Si Juan comprende que a Lucía no le gusta que toquen sin permiso ese juguete que trajo para el recreo, y siente empáticamente su angustia, entonces le resultará más fácil abstenerse de hacerlo, y quizás la próxima vez pedirá permiso. Así, la empatía sirve de apoyo al aprendizaje de habilidades sociales, y ambas pueden obtenerse a través de la lectura.

Hay muchas formas de aprender, y la ficción está llena de arquetipos de conductas que nos sirven para resolver problemas cotidianos. Si a esto le sumamos que, además, cuando leemos una historia que nos gusta nos conectamos con las emociones que sienten los personajes, obtenemos una hermosa fórmula para el aprendizaje significativo.

Amo las fotos googleadas de niños evidentemente fingiendo hacer algo
Es mucho lo que podríamos hablar sobre este tema, y son muy variadas las investigaciones relacionadas a los beneficios de la lectura. Pueden entrar acá para ver algunos de mis artículos favoritos.

*se asoma* Volví... creo. Tengo ganas de activar esto, el problema es que no sé bien cómo. No sé bien qué es lo que quiero hacer, y eso me va a llevar inevitablemente a no poder hacer de esto un proyecto continuado... pero ¿a quién le importa, no? Quizás esto se ha convertido en un espacio al que vengo a hablar de cosas cada tanto.


Resulta que en este último año nada salió como lo planeaba. Y este julio de 2018 llegó como el punto de inflexión en el que me di cuenta de que no, este año tampoco voy a poder recibirme. Y dejé de actualizar el blog para concentrarme en estudiar y rendir, pero resulta que hace un año que no actualizo y aún así me las he arreglado para tener otras preocupaciones que me distraen, jajaja! Y lo peor de todo fue cuando no había ninguna preocupación a la que aferrarme, y cierta oscuridad interna encontró lugar para escalar dentro de mí y apoderarse de todos mis estados de ánimo y de toda mi fuerza de voluntad. Estoy hablando de una pequeña amiga llamada depresión.

Pero por suerte la empujé hacia el fondo, y ya estoy muy bien. Sigue ahí, y el hecho de que haya podido salir un tiempo y dominarme hace que ahora sea muy consciente de ella, pero creo que puedo manejarla. Una de mis herramientas para hacerlo es volver a escribir acá.

Así que por eso volví. Sin un plan, sin un proyecto, pero volví. En este año que pasó me cansé un poco del mundo BBB, pero quizás pueda hacer de este espacio algo diferente e íntimo. Es lo que siempre he querido, pero por alguna razón la autoexigencia de publicar con asiduidad me llevaba a convertirlo en un blog estándar. Con reseñas, tags, TBR y esas cosas. No sé por qué sigo creyendo que puedo imponerme un TBR, jamás en la vida lo hice y el hecho de haberlo mantenido con una recta disciplina durante el año en el que me mantuve más activa acá hizo que mi relación con la lectura se dañara un poco. No tengo ganas de leer, y todo lo que empiezo lo dejo un poco a medias, lo retomo luego de semanas, empiezo varios libros a la vez, y compro libros que nunca leo.

Pero sí sigo manteniendo con bastante éxito mi intención de leer más autoras que autores (aspiro a una proporción de 70-30 al terminar el año, como si fuera un buen fernet) y me mantengo bastante firme en mi decisión de no comprar más libros nuevos hasta terminar de bajar mi pila de libros no leídos (con algunas recaídas, he de admitir).

Así que este año he leído casi todos los libros de Chimamanda Ngoci Adichie, autora que amo, aunque actualmente estoy un poco trabada con Medio Sol Amarillo. El único que me falta además de ese es Algo alrededor de tu cuello. Las novelas de esta autora son muy amenas, simples, y recrean muy bien el drama mundano, cotidiano. Medio Sol Amarillo, sin embargo, me sorprendió con un drama más del tipo "masacre y represión durante un golpe de Estado", por lo que me sentí un poco abrumada y tuve que dejarlo un tiempo.

Además, empecé a leerlo justo después de terminar Rojo y Oro, de Iria G. Parente y Selene M. Pascual. ¿Puedo decir que amo a estas autoras? Claro que puedo, este es mi blog. Bueno, las amaba antes de leer sus libros, porque las conocía por Twitter. Y compré Rojo y Oro, y lo leí, y pensé que estaba ok mientras lo leía, porque es muy entretenido y esas cosas, pero nada del otro mundo. Pero después el final me golpeó un poco. No sé si de manera demasiado consciente. Quedé un poco aprensiva después de terminarlo, pero no me esperaba que me quedara esta resaca lectora nivel EXTRAÑO A LOS PERSONAJES. Ahora tengo miedo y a la vez ganas de leer sus otros libros.

Tengo que decir también que estoy llorando mucho estos días. Pero tengo un problemita y es que rara vez soy capaz de llorar por el motivo directo que me hace llorar. Me explico: si me peleo con mi papá, mi cabeza está tipo "nada nuevo bajo el sol, no hay problema", pero tipo REALMENTE está así, totalmente relajada. Y después en el micro el aleatorio de Spotify me tira Father and Son de Cat Stevens y lloro la gota gorda. Y me doy cuenta de que sí había un problema.
Bueno, así con todo. Con Rojo y Oro me pasó algo así. Imaginate el nivel de estabilidad emocional, regia estoy eh. Diez puntos.

Leí otros libros también, o eso creo. He estado releyendo mucho también. Libros de mi infancia, libros que leí hace poco y me gustaron mucho, capítulos sueltos de algunos libros. Creo que subestimamos mucho el placer de releer. La edad y la experiencia nos dan nuevas perspectivas sobre las historias que leemos. Así que releí Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (obviamente), Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario y Orgullo y Prejuicio. También releí Juego de Tronos y algunos capítulos sueltos de los libros subsiguientes.

Lo que más he consumido este tiempo han sido podcasts. No entiendo cómo este formato no tiene más difusión. ¿Qué escucha la gente mientras va en el bondi? Música, ya sé. Pero ¿no se aburren? Yo intercalo. A veces podcasts, a veces música. Actualmente estoy escuchando mucha música retro, y ocasionalmente canciones de Luis Miguel (después de ver la serie es inevitable caer). Armo playlists compulsivamente en Spotify, y si entran en mi perfil pueden verlas. No tengo mucha imaginación para los nombres, así que no me juzguen.

Respecto a los podcasts, escucho los de siempre: Hielo y Fuego Pod, FansFiction, Barley Almirante & Scotch, Demasiado Cine, Una dosis de ficción, todo lo que saca PostaFM; y algunos nuevos, como Rayos Catódicos, Dear Mr. Potter (mi primer pod en inglés) e Hijos de la Web. No puedo parar de escuchar podcasts. Tengo ganas de hacer el mío propio, pero no tengo un plan, ni un guión, igual que con esto. Quizás algún día lo haga, quién sabe.

Obvio que también estoy enganchada a la locura de Marvel, pero ¿para qué hablar más de eso? Todo el mundo está hablando del tema y yo la verdad no tengo mucho para aportar. Mi experiencia personal con Infinity War fue traumática. Salí del cine en shock, literalmente. No recuerdo cómo llegué de la sala de cine a la parada del micro, por suerte iba con mi novio. Y no sé por qué me afectó tanto, pero todavía no puedo volver a mirar la escena final de Spider-Man.

Últimamente se me ha dado por mirar películas de lockers. O sea, Mean Girls y todo lo que sea parecido a eso. Son mi guilty pleasure. Vi The DUFF; La lista de no besar de Naomi y Ely; Love, Rosie; La rebelión de los excluidos, La Última Canción; y, por supuesto, Mean Girls. Como conclusión diré que Victoria Justice no está eligiendo bien las películas en las que ha trabajado, y que creo que Netflix va por buen camino en el género de la comedia romántica. Teniendo en cuenta, claro, que la comedia romántica está casi muerta. Tengo que ver El Stand de los Besos para agregar más evidencia a mi teoría.

No solo he visto estas cosas igual, también hice maratón de Pixar y Dreamworks, porque madurar para qué. Tengo ganas de escribir un poco sobre eso. También vi todas las de los Oscars, y alguna que otra más que no me acuerdo. Ya hablaré de eso en otra entrada.

Aunque estoy un poco cansada de las series, he visto un par en lo que va del año. Resaltan la de Luismi (yass), The Good Place (buenísima, veanla), y la primera temporada de La Casa de Papel (meh). Estoy viendo lentamente Grace&Frankie, Jessica Jones y Jane the Virgin. Amo las tres, son todas muy girl power de maneras diferentes.Con mi novio además estamos viendo Los Simuladores, y cada tanto me veo algunos capítulos sueltos de Brooklyn99 y Friends. Quiero ver la segunda temporada de The Hanmaid's Tale pero no sé si mi estado de ánimo está preparado para eso. Y extraño Game of Thrones.

Ya no consumo tanto internet, han quedado pocos booktubers a los que realmente siga y ¿youtubers? ¿Te lo resumo así nomás? Quizás. Hasta La Faraona me cansó, y empecé a verla hace unos meses. También dejé de leer blogs, aunque eso es algo que quiero retomar ahora. Me hice metí bastante más en Instagram y ahí he subido algunas historias interesantes, sobre todo con el debate por la legalización del aborto. Pero Twitter siempre ha sido mi nicho, así que estoy más activa ahí que en otras redes.

Básicamente eso es todo. Tengo más cosas que contarles, como las recetas nuevas que estoy probando ahora que vivo sola, o cómo es vivir con una gata que lo único que exige de vos son cariños y comida. También tengo que hablar de lo que he aprendido sobre decoración (porque este departamento no se decoró solo), de mis nuevos estilos a la hora de vestirme y de tips para el cuidado de la piel y el pelo. También quiero convertir esto en una especie de diario donde hable de mis progresos con respecto a la carrera. Todo, todo eso va a ir apareciendo de a poco, mientras me vayan dando ganas.

Así que si llegaron hasta acá, gracias por leerme. Y si me dejan un comentario no me enojo, eh.

Besitos, besitos chau chau!
Hace poco Fa, de Las palabras de Fa (click para ir al canal), subió un video hablando sobre Severus Snape, y las razones por las que cree que no debería ser considerado un héroe. Voy a decirles la verdad: no terminé de ver el video por falta de tiempo, pero lo poco que vi me alcanzó para quedarme reflexionando al respecto.

Poco después, leí una entrada del blog Diario de una estudiante de letras (click al título para verla) donde defendía a la casa Slytherin y sus cualidades, argumentando muy bien los motivos por los que un miembro de la casa de la serpiente no necesariamente es una mala persona.

Ahora bien, aunque estoy de acuerdo con el tema de la casa, Mari (la dueña del blog) hizo un comentario sobre Severus Snape que me dejó pensando, y voy a citarla:
"Tomemos un ejemplo claro: Severus Snape. Si bien gran parte de la saga se lo muestra como el "típico Slytherin", al final descubrimos que las cosas no son como las pensábamos y que, en el fondo, Snape tenía un buen corazón."
Ayy, ¿realmente Snape tenía un buen corazón? Analicemos los puntos que concuerdan con esta visión del personaje:

  • Traicionó a Voldemort por salvar a Lily, arriesgando su vida
  • Trabajó como doble agente para Dumbledore durante años, arriesgando su vida
  • Luego de la muerte de Dumbledore, continuó su plan y murió intentando cumplir su misión
Dicho así, Snape suena superheroico, trágico, un alma noble que, a pesar de las vicisitudes de la vida, consiguió mantenerse en la senda del bien.


Pero no todo es lo que parece.

Si bien sabemos que Snape amaba a Lily, él nunca renunció a nada por ella cuando estaba viva, ni cedió a los razonamientos de ella cuando le insistía en dejar las artes oscuras. Él aceptó que nunca estarían juntos, y siguió su propio camino. Y todo esto suena muy a personaje fuerte e independiente hasta que consideramos que ese camino era EL CAMINO DE VOLDEMORT. Un camino que apoyaba EL ASESINATO Y TORTURA de hijos de muggles. Un camino que no aceptaba detractores, no aceptaba diálogo, porque quien discrepaba era enemigo y merecía la muerte, o, con suerte, una forma de locura inducida por el dolor (como en el caso de los Longbottom).

Snape sólo se arrepiente del camino que eligió algunos años después, cuando su amo comenzó a buscar a los Potter. Y entonces cayó en la cuenta de que su Lily, su preciosa y adorada Lily de la infancia, corría peligro. Con este panorama, no le quedó otra que correr a buchonearle a Dumbledore todos los planes de Voldemort.

¿Es esto un acto heroico y desinteresado? A mi manera de ver, no lo es. Primeramente, porque veo cierta idealización de Lily por parte de Snape: luego de tantos años, ya no la conoce, ya no guardan relación, y ese "amor" que Snape siente tiene más que ver con sus recuerdos y con la idea de ser amado que con una determinación real de considerar a Lily como persona, de abrirle un espacio a ella para ser. Desde mi punto de vista, en una relación Snily lo que fallaría es que él tendría unas expectativas muy poco realistas hacia ella, y ella no podría aceptar nunca un hombre que pudiera disociar tan fácilmente su amor por ella de los asesinatos y torturas que comete contra otros hijos de muggles.

Por otro lado, es interesante hacer el ejercicio de imaginar qué hubiera pasado si Voldemort hubiese elegido a los Longbottom en lugar de a los Potter. ¿Habría hecho Snape gala de su altruismo si la cuestión de la profecía no hubiese afectado a quien a él le importaba? Por supuesto que no. 

Por eso, en el momento en el que Snape se arriesga por Lily, yo no veo un personaje que dice "me arriesgaré por ti, porque no podría verte sufrir", sino uno que, por el contrario, dice "me arriesgaré por ti, porque no quiero sufrir más tu pérdida". Son frases MUY parecidas, que parecen significar lo mismo, pero si las analizamos con atención nos damos cuenta de que la primera refiere al dolor de ella mientras que la segunda refiere al dolor de él. ¿Se dan cuenta? Es casi la famosa lógica de la mujer en la nevera.
La mujer en la nevera, donde el sufrimiento de la mujer es utilizado para generar reacciones en el hombre, en lugar de focalizar en el horror por el que pasó ella
Pasemos entonces al segundo punto: arrepentido de haber elegido el bando de Voldemort, y en homenaje a Lily, Snape comienza a trabajar como doble agente para Dumbledore. Arriesga su vida, ya que si Voldemort se entera de esto, ni nos vimo', Avada Kedavra y a la casa (o a la tumba, mejor dicho). Pero, al mismo tiempo, parece que Snape se encuentra en una posición muy cómoda.

Porque claro: si Voldemort ganara, lo único que tiene que hacer Snape para conservar el pellejo es eliminar toda prueba existente de su colaboración con Dumbledore. Y supongo que no habrá muchas, por seguridad. Por otro lado, si ganaba el bando de Harry, Snape sólo tendría que limpiar su nombre presentando las pruebas en lugar de eliminándolas. Sería arduo y difícil, eso es cierto, pero no imposible. Y más teniendo en cuenta que, durante muchos años, no estuvo en sus planes ponerse en evidencia de manera tan rotunda asesinando a su propio mentor.

En resumidas cuentas: siendo doble agente, a Snape le es fácil salirse con la suya en caso de que las cosas no salgan bien. Gane Voldemort o Harry, él lleva las de conservar el pellejo siempre.

Además, no hay que olvidar las cosas que tuvo que hacer para convertirse en mano derecha de Voldemort. Esto ya lo mencionó Fa en su video, así que no voy a explayarme mucho más, pero wow, si asesinaste, torturaste y controlaste el cuerpo de otras personas para fines maléficos POR AMOR, hijo replanteate qué clase de amor estás sintiendo, porque me parece poco sano.


Y ya que estamos, hablemos de su relación con Harry. Sí, sí, que todo lo que hace es por él, para mantenerlo con vida, porque es el hijo del amor de su vida. Pero, ¿no es un poco malvado que Snape maltrate a Harry durante los 6 años en que lo tiene como alumno, sólo porque es el hijo del hombre que lo maltrataba a él en la secundaria? ¿No es un poco infantil? ¿No es un poco patético que no sepa ver las diferencias entre el carácter de Harry y el de James?

Y sobre todo, me parece TERRIBLE que se comporte como lo hace con un niño de 11 y 12 años. Cuando Harry crece se vuelve más tolerable, pero en los primeros dos libros el acoso y maltrato que dirige hacia Harry es escandalizante. Y más sabiendo (como sabe Snape) que el chico se ha criado alejado del mundo mágico, que no sabe cómo funcionan las cosas en Hogwarts, y que a duras penas tiene amigos. NADA, repito ABSOLUTAMENTE NADA justifica que Snape maltrate a Harry, ni siquiera el hecho de que sea el hijo de James.

De hecho, Harry se altera muchísimo cuando descubre lo que le hacían Los Merodeadores a Snape. Se siente culpable, desilusionado. Y encima de todo eso, su profesor intenta boicotearlo a toda costa. Simplemente creo que no es justo y que no se ve justificado por nada más que por el egoísmo y el odio.


Lo único que puedo reconocerle a Snape es que, luego de la muerte de Dumbledore, el personaje continuó con su misión. Demuestra una gran determinación y fortaleza para aferrarse a las cosas que lo han llevado al bando del bien, aunque estas cosas sean la muerte de Lily en pos de la supervivencia de su hijo Harry.

(¡Y encima eso! Porque ni siquiera es que Snape quisiera vivo a Harry, sólo lo mantiene vivo porque es "lo que Lily hubiera querido")


He visto en muchos lugares a la gente considerando a Snape como un héroe. Como alguien que "lo hizo todo por amor", que se arriesgó y murió buscando cumplir su misión. Pero yo veo a un hombre que, si no hubiese sido por su relación con Lily Evans, habría caído en lo más profundo del lado oscuro. Snape no tiene "un buen corazón", sino que todo el tiempo se mueve por motivos egoístas, impliquen a Lily o no. El hecho de que la haya amado con tanta intensidad y de manera tan trágica sólo nos dice de él que es un ser humano: a diferencia de Voldemort, Snape puede sentir amor, puede luchar por ello, y puede por lo tanto sufrir por ello. En él actúa una de las fuerzas más poderosas del mundo mágico, una fuerza que Voldemort no entiende, y al subestimarla, se arriesga. Pero el poder amar no lo convierte en una buena persona.

Ustedes, ¿qué piensan sobre este personaje?
¡Cuéntenme en los comentarios!

A todos nos ha pasado de despertarnos y querer seguir soñando. A veces, lo que estábamos viviendo en la dimensión onírica era increíblemente maravilloso, o justo en el momento de despertar estábamos en plena persecución o resolución de un misterio, o que la alarma suena en el preciso instante en el que estabas por conocer a tu ídolo máximo del universo.

Pero a veces, sobre todo en vacaciones, tengo sueños locos de verdad, de esos que decís "si lo escribo y lo mando a Hollywood, seguro hago una fortuna". O, para ser sinceros, de esos que pensás "¿¿qué carajo me fumé anoche??" porque no entendés de dónde sacaste tanto menjunje de cosas.

Hay un sueño que tuve hace años, y que de vez en cuando repito. Empieza siempre en el mismo punto: estoy en mi casa, en alguna especie de celebración familiar. Todos están ahí: los que viven lejos y los que están más cerca, los que hace años no veo y los que veo todos los días, los muertos y los vivos. Hay una gran torta, blanca y de varios pisos, con una vela enorme en el medio. Alguien la coloca sobre la mesa y todos empiezan a cantar el feliz cumpleaños. Somos tantos, estamos todos, casi no entramos, y empiezo a aplaudir mientras me pongo de puntitas de pie para ver quién es el agasajado, pero no lo consigo.

De pronto, un sonido me distrae. Crujidos.

Miro hacia la ventana, y el parque frente a mi casa se ondula como un bucle, provocando que los árboles choquen entre ellos y generando ese sonido. Fascinada, veo cómo la tierra se eleva en colinas, y vuelve a alisarse para enroscarse sobre sí misma mientras las plantas, como pueden, tratan de acompañar el movimiento.

Tres figuras aparecen entre las ondulaciones. Son (cómo no) Harry, Ron y Hermione. Con el primero a la cabeza, corren como huyendo de algo, y yo, sin pensarlo dos veces, salgo tras ellos para ver qué están haciendo. Los persigo hasta una calle rodeada de edificios, y entonces el trío se separa: Hermione corre por un callejón, Ron entra en una de las tiendas y Harry comienza a escalar un edificio.


Empiezo a sentir que algo malo está por pasar, y me entusiasmo porque la cosa se está poniendo interesante. Trepo tras Harry, tratando de advertirle, porque algo me dice que no debería estar escalando ese edificio, que no es seguro.

Y entonces, aparece él: Voldemort.

Estando despierta, el malo de Harry Potter nunca me ha perturbado demasiado, pero no puedo explicar el terror que me genera en el universo de los sueños. Muchas veces sueño que me persigue y que debo enfrentarlo, y normalmente me despierto agitada, antes de poder verle la cara. Desde el lugar de lectora, puedo seguir la historia con la certeza de que Harry no morirá, porque es el héroe. Y los héroes no mueren, porque a todos nos gustan los finales felices. Pero en los sueños, todo se vuelve real. Puedo ponerme realmente en los zapatos de Harry, incorporar la idea de que deberá enfrentarse al mayor asesino de su mundo, un hombre que además lo odia visceralmente, y que podría matarlo de las maneras más horribles y dolorosas. En los sueños, realmente me meto en la piel de los personajes que vivieron esa historia, y me aterrorizo de la misma forma que ellos, quizá más.


Entonces, cuando en este sueño aparece Voldemort, comienzo a trepar desesperadamente por la pared del edificio, rogando que no nos vea, con los ojos cerrados y el corazón en la boca. Miro hacia arriba y quiero advertir a Harry, pero algo me dice que él ya se ha dado cuenta de que está ahí.

- ¡Búsquenlo! ¡Lo quiero muerto para esta noche! -grita Voldemort, y un ejército de pequeños Gollums aparece por un callejón, corriendo en cuatro patas, con sus ojos abiertos de par en par, amarillos, inyectados en sangre. Rodean al Señor Tenebroso y empiezan a llenar la calle como cucarachas, trepándose a los edificios, colándose en todas las puertas y ventanas.

Yo, al ver esto, ya no puedo controlar el horror, por lo que pego un salto desde donde estoy hasta agarrar el tobillo de Harry, para advertirle finalmente que no siga subiendo. Harry me mira, y me dice que me quede tranquila, que todo saldrá bien, sólo tenemos que llegar hasta la terraza del edificio. Seguimos subiendo, mi cuerpo cada vez más duro, más pesado. Sé que no tendríamos que hacerlo. La calle está negra, cubierta por todos esos bichos que no paran de corretear, agitando las extremidades. Y en el medio del tumulto está Voldemort, a quien nadie se le acerca, rodeado de un aura color verde oscuro.

De pronto, Harry grita. Miro hacia arriba, y veo que uno de los Gollums se ha colado por dentro del edificio que estamos escalando, ha salido por una de las ventanas y ha conseguido sorprender a Harry, a quien ahora tiene agarrado de las muñecas, suspendido en el vacío.

Y lo suelta.

Grito.

Salto tras él.

Todo se vuelve negro.


En los sueños, normalmente, cuando "morimos" o cuando las cosas se están poniendo demasiado desesperantes, solemos despertar. Sin embargo, este sueño fue diferente. Caí varios metros, todo se puso negro, y de pronto me encontré en un contexto completamente diferente.

Abro los ojos. Una cancioncita, parecida a un jingle de Navidad, resuena a lo lejos. A mi alrededor todo es de colores brillantes, fuertes, psicodélicos. Estoy tirada sobre el césped, sembrado de flores. A mi alrededor, un grupo de personas canta y baila al ritmo de una especie de ritual. Las miro bien: son mis amigas. Vestidas como duendecillos, con sombreros de color rojo y cascabeles en la punta de... esperen. ¿Qué es eso? ¿Pezuñas? ¿Mis amigas son faunos?

En efecto, mis amigas son faunos y están cantando una especie de ritual, No entiendo nada. Miro a mi alrededor y encuentro a Harry, cuya piel se va poniendo lentamente de color verde, mientras su rasgos se deforman y su cuerpo se hincha como un globo.

De pronto aparece a mi lado un espejo de mano de plata, de esos que parecen de cuento de hadas. Lo tomo, y me miro con incredulidad.

No entiendo nada.

Soy la princesa Fiona.


Y me desperté.

Sí, sí, me imagino lo que estarán pensando. ¿Qué pito toca la princesa Fiona en toda la historia? Y no tengo idea, ok? Es el final que mi sueño inventó, yo no hago las reglas.

Ustedes, ¿han tenido algún sueño loco? ¡Cuéntenme en los comentarios!
Sí, estaba tomando leche de un vasito para jarabe

Grecia llegó a mi vida a principios de noviembre. Medía quince centímetros del hocico a la cola y caminaba a trompicones, tambaleándose. En cuanto entró al departamento, durmió su primera siesta bajo el cuello de Flor, quien por ese entonces compartía habitación conmigo. Si la dejábamos en su cucha, chillaba con una fuerza que parecía imposible que habitara en ese ser tan chiquitito. Comía despacito porque se atragantaba, y había que ponerle el plato de agua en el hocico para que tomara.

Los primeros días de Grecia en casa pasaron volando. Ella me enseñó que las gatitas tan chiquitas necesitan tomar una leche especial, diferente a la que tomamos los humanos. Que si no toman esa leche sus huesos pueden crecer frágiles, y quebrarse al menor golpe. Y como yo quería que Grecia creciera fuerte, le preparé su leche (vean la receta que usé acá).

Sus uñitas como alfileres me arruinaron unas cuantas remeras. Así que Grecia me enseñó cómo usar un hilo y una aguja para arreglarlas, y así ella pudiera seguir arruinándolas. También me susurró que las gatitas se aburren viviendo en departamentos, y que necesitan juguetes para entretenerse. Así que aprendí a construir rascadores, rompecabezas y péndulos gatunos (algunas ideas acá), aunque ella siguió jugando con las bolitas que hacíamos con las bolsitas del supermercado.



Después, cuando llegó el mes de diciembre, y Grecia ya medía unos buenos 35 centímetros de la cola al hocico, me enseñó que las gatitas aman sus casas y que mudarse las estresa. Que viajar 250km adentro de un bolsito y habiendo tomado calmantes la hacía ver muy triste. Que una gatita en ese estado sólo quiere dormir en paz, acurrucarse en paz, esconderse en paz, y que mi mejor aliada sería la paciencia. Así que esperé, y esperé, y esperé. Muchos días estuvo Grecia acurrucada bajo mi cama. Pocas veces salió a comer. Y yo lo único que podía hacer era esperarla (vean cómo aprendí a hacerle más llevadera la mudanza acá).

Hasta que un día, Grecia me enseñó que toda espera tiene su recompensa. Asomó su hociquito bicolor, olisqueó el aire, y muy agazapada fue saliendo de su escondite para empezar a conocer el mundo. Su nuevo mundo.



Y así como empezó, no la paramos más. Primero cazó bichitos. Después correteó por el pasto saltando como una leona. Empezó a trepar sillas, arbustos, árboles. Un día trajo una ratita a casa, y jugaba con ella pisándole la cola. Al siguiente apareció relamiéndose y toda cubierta de plumas. De a poco dejó de dormir en mi cama, y se mudó al piso de abajo, donde está su cuchita. Es toda una gata independiente, aunque no tiene más de 3 meses, la muy agrandada.

Grecia me sigue enseñando cosas: a no ser sobreprotectora, a no esperar siempre lo peor, a confiar en que el tiempo puede formar las amistades más extrañas (como la de ella con mi caniche, Fidel). Primero me enseñó a hacer cosas, ahora me enseña a ser cosas. Y estoy segura de que puede enseñarme un montón de cosas más.



¿Qué me dicen, comentaristas? ¿Tienen alguna maestra como Grecia en sus casas? ¿Un maestro quizá? Puede ser de cualquier especie. ¡Háblenme de ellos en los comentarios!
En una entrada anterior les hablé de cómo el transporte público es todo un tema para una persona que jamás en su vida se ha subido a un colectivo, y cómo las idas y venidas de mi ciudad a la ciudad que elegí para estudiar plantean una dualidad importante a la hora de tomar decisiones para mi futuro. Hoy les voy a hablar de la gente: por qué siento que la gente de Mendoza es diferente a la de otras provincias, y la de capital es diferente a la de mi pequeña ciudad sureña.


Una vez un compañero de la facultad me dijo que para él, las provincias eran como personas de diferentes edades: Córdoba es una pendeja rebelde de 18 años, Buenos Aires es una exitosa treintañera, Salta es una señora pituca de cuatro décadas, y Neuquén es un nene rico de primaria que está sorprendiendo a todos con lo rápido que está creciendo. ¿Y Mendoza? Mendoza es un señor de bastón y corbata, que luce con dignidad sus bien llevados 80 años.

Sí señores: Mendoza es una provincia vieja. Además de que sus gobernadores son ortodoxos, hay cierta mentalidad en la gente, ciertas pautas de conducta, que reflejan nuestra octogenariedad. Hasta la juventud tiene costumbres rígidas, avejentadas: se sale a determinados lugares en determinados días, salir en día de semana sólo puede pasar si la ocasión es muuuy especial, y cuesta lograr que el grupo quiera ir a un lugar donde no te encuentres siempre, cada vez, con la misma gente.

Escudo de la Ciudad en la Plaza Independencia

Cuesta abrirse paso en la sociedad mendocina: en todos los grupos te reciben con calidez, pero siempre hay una barrera de intimidad que es casi imposible de cruzar si no pertenecés desde el día cero. El mendocino es cerrado, desconfiado, fiel a sus costumbres: puteamos por la Vendimia, pero que venga un sanjuanino a decirnos que la Fiesta del Sol es más linda y lo sepultamos en sus propias piedras.

Es así, los mendocinos nacemos con arrugas y dentadura postiza. Somos Benjamin Button, pero sin la parte de rejuvenecer.

Así que se podrán imaginar que mudarse en Mendoza hace la socialización un poco más difícil de lo que podría ser en Córdoba, por ejemplo. En Córdoba la gente se te tira encima para conocerte (y para otras cosas que no diré porque me leen menores), mientras que en Mendoza hay que hacer cierto mérito para que quieran acercarse a una. La gente se mueve como en clanes: si vas al mismo boliche durante tres sábados seguidos, probablemente encuentres escasas variaciones de gente. Pero después del tercer sábado, mágicamente, pareciera que todos se pusieron de acuerdo para empezar a ir a otro diferente.

Calle Arístides Villanueva

Estas son pautas que yo nunca terminé de entender completamente, porque ya no me gusta demasiado salir y cuando lo hacía todavía estaba abierta la famosa calle Arístides Villanueva, ícono de la noche mendocina que fue muerta y enterrada por los reclamos de algunos viejos de la zona a los que tanta juventud les planchaba las arrugas.

Hay algo a lo que una, como inmigrante sanrafaelina en el Gran Mendoza, nunca termina de adaptarse, y es a ese resentimiento y burla velada que aparece en la mirada de los capitalinos cuando les digo que soy de San Rafael.

Plaza y parque infantil en San Rafael

Hay cierto resentimiento, resquemor o qué-sé-yo-qué hacia el departamento sureño más importante, porque, según las malas lenguas, hubo una época en que nos cansamos de depender de estos giles del norte y pedimos permiso a la Nación para poder formar una provincia aparte. Algo así como North y South Carolina versión cuyana.

Pero a ver, capitalinos, granmendoceños (?) y demás gente del norte: yo amo mi provincia, amo Mendoza, la Vendimia (excepto por algunas cosas que ya comenté en esta entrada), la montaña, la ciudad, amo Potrerillos y el Valle Grande, y amo que esté todo unido por el amor al vino (ah re). Supérenlo. Y déjenme en paz.




Así que díganme, gente hermosa en los comentarios: ¿qué piensan de la teoría de las edades de las provincias? ¿Qué edad tendría la suya? ¿Hay donde viven algún conflicto parecido al que les conté?

Les mando un saludo, y, por cierto… ¡Feliz Vendimia!
Sí, sí, ya sé que dije que no importa tanto el producto como la forma en que lo colocamos. Y lo creo bastante cierto. Sin embargo, yo tengo mis shampoo, acondicionadores, cremas y aceites favoritos, así como algunas recetas naturales que encontré en internet, y una guía para el cuidado del pelo no estaría completa sin mencionarlos, así que vamos a ello.

Primero, hablemos de shampoo y acondicionador, productos básicos para el cuidado del cabello. Para mí, estos dos vienen en combo, no puedo comprarme una línea del primero y una distinta del segundo, principalmente porque soy tan obsesiva que no podría soportar el efecto visual de la diferencia de color y tamaño en mi baño (¡hice un versito!). Así que uso siempre shampoo y acondicionador combinados, los dos de la misma marca y línea. Los que más me gustan son:
  • La línea Caída-Resist de Elvive (de color negro y fucsia), que deja el pelo hidratado y sin grasitud
  • Las líneas Para-lísalos (fucsia) y Endúlzalo con fuerza (amarilla) de Herbal Essences, que tienen las mejores fragancias del mundo y mantienen el cabello sano, a pesar de sus nombres ridículos
  • La línea para cabello claro de Johnson, que en realidad es para bebés, pero es la mejor que he probado para conservar el pelo rubio, mucho menos agresiva que otras marcas. Sin embargo, no aclara el cabello en sí, sino que mantiene un color ya claro, y en mi caso siempre tengo que combinarlo con alguna crema nutritiva porque me deja el pelo un poco reseco.
  • Cualquier línea para cabello liso de Tresemmé, que es mi marca favorita para recuperar el pelo dañado porque lo reconstituye de manera casi mágica, aunque es el más caro de los cuatro.
Otra opción que he puesto en práctica es comprar el shampoo y acondicionador neutros, que no contienen detergente, en la peluquería. Al menos donde yo los compro, se venden sueltos (por litro) y ayudan a mantener el color y la suavidad del cabello, porque no contienen conservantes ni productos químicos aditivos, como suelen tener las marcas industriales. Si te interesa, podés acercarte a cualquier peluquería de barrio y preguntar si venden shampoo y acondicionador neutro, de seguro allí sabrán orientarte.

Shampoo y acondicionador Tresemme Keratin Smooth

En cuanto a la crema nutritiva o restauradora (para la ducha), yo uso cualquiera de las de la línea Ekos de Natura, aunque también probé la línea Plant y tienen un efecto similar. Elijo Ekos por una cuestión de fragancia, amo los olores a cacao, almendra, maracuyá, pitanga, buriti, y demás, aparte siempre traen fragancias nuevas. Actualmente estoy usando la Máscara de reconstitución de cabello con Manteca de Murumuru (sí, posta se llama así), que me ha funcionado muy bien. Otros años he usado las cremas de Elvive, que en realidad son baños de crema, pero nada funciona tan bien como Natura.

Hace unos años usaba una crema casera que había hecho con aceite de oliva, huevo y jugo de limón, que dejaba mi pelo tan sedoso que se me escurría de los dedos al acariciarlo. No recuerdo de dónde había sacado la receta en ese tiempo, pero era muy parecida a ÉSTA (click para ir a la página), aunque yo no le ponía crema de enjuague.

Máscara de reconstrucción del cabello con manteca de murumuru, de la línea Ekos de Natura




Respecto a la crema para peinar, ya dije en esta entrada que por lo general no encuentro diferencias entre las líneas o marcas, aunque actualmente mi favorita es la de la línea Para-lísalos de Herbal Essences, por su delicioso olor a lirios. También me gusta mucho la de Endúlzalo con fuerza, con aroma a miel, pero se me hace casi imposible de conseguir en Mendoza. También he usado las de Elvive y Sedal, con resultados parecidos aunque con aromas más suaves.

Crema para peinar de la línea Paralísalos, de Herbal Essences

Finalmente, otro producto del que hablé fue el aceite sellador de puntas, que me parece es el producto más difícil de conseguir. No porque no haya, sino porque la mayoría de los que hay son cero efectivos. Yo pasé por varios fiascos hasta encontrar el aceite perfecto. Es una marca que, hasta donde sé, venden sólo en peluquerías: se llama Oclisam, y es de verdad el mejor producto del mundo. Puedo haber hecho toda mi rutina anterior, pero cuando no tengo este aceitito, su ausencia se nota, y mucho. Le da brillo y suavidad al pelo, lo hace maleable y le da peso, caída. Ya no se trata sólo de estética: este aceite hace que mi pelo sea más cómodo. Y no es para nada caro, la última vez que lo compré salía AR$150 y dura más de 6 meses cuando se usa bien (2 o 3 gotas luego de bañarse). De verdad, créanme: es el mejor producto del mundo. Es una pena que cueste tanto conseguirlo.

Sin embargo, hace poco encontré un reemplazante que está bastante a la altura: se trata de la Loción capilar revitalizadora de puntas de la línea Plant de Natura. Es un aceite de nuez, que en teoría sirve para restaurar el cabello luego de tratamientos químicos, pero a mí me funciona divinamente, aunque no tanto como la de Oclisam. Tiene una consistencia más líquida, lo cual la hace un poco más difícil de colocar, y no deja el pelo tan maleable. Sin embargo, en general es un buen reemplazante del otro aceite cuando se hace imposible conseguirlo (y eso pasa seguido, lamentablemente).
Fluido reparador de puntas de la línea Plant, de Natura

¡Y eso es todo! Bueno, creí que esta entrada iba a quedarme corta, pero parece que otra vez hablé demasiado.


Pero ahora les toca hablar a ustedes, comentaristas: ¿cuáles son sus productos preferidos para el pelo? ¿Los compran ustedes o alguien más lo hace por ustedes? ¿Alguna vez han probado alguna receta casera? ¡Cuéntenmelo todo!

Miedo. Emoción. Inseguridad. Entusiasmo.


Todo eso mezclado sentí cuando decidí que quería estudiar en la capital mendocina, a 300 kilómetros de donde nací y me crié. No era la distancia lo único que me atemorizaba: yo crecí en una ciudad de 200.000 habitantes, y ahora me disponía a meterme de golpe y porrazo en una aglomeración urbana de casi 940.000 (sí, lo busqué en Wikipedia), con colectivos y trenes y cacerolazos y tres canales de televisión locales. No sé por qué me impresionaba tanto lo de los canales locales, pero era parte de la grandiosidad del Gran Mendoza.

Lo más difícil es el transporte público: “Mirá, es fácil: te tomás el 122 y después caminás dos cuadras hacia la montaña, ahí está la parada del 13, pero te tenés que tomar el que va al barrio La Paquita, no vayas a agarrar el que va por Carril Los Viñedos que vas a terminar en cualquier lado”.


Primero: ¿QUÉ?

Segundo: la gente de Mendoza te habla como si vos supieras lo que es un 122 y entendieras lo que es ir “hacia la montaña”. ¿Cómo carajo voy a saber yo dónde está la montaña? Hay edificios en el medio, no las veo.

No sólo eso, vamos a lo básico: cuando te criaste en una ciudad sin micros, ni siquiera tenés idea de cómo interactuar con un chofer. ¿Cómo le pregunto si va al barrio La Paquita? ¿Me subo, espero a que arranque, y le pregunto? ¿Le grito desde afuera, mientras otras personas suben? ¿Me asomo con un pie en el escalón, impidiendo el paso de la gente, para preguntarle? Aun peor: las personas de ciudad chica (me niego a decir “de pueblo”, tiene 200.000 habitantes, for God’s sake) somos amables por naturaleza, algo que se pierde cuando te metés en una jungla urbana. Sí, tenés que empujar gente para poder pasar. Sí, tenés que gritarle la pregunta al chofer desde fuera sin siquiera saludarlo.

Just for the record: no existe un barrio La Paquita ni un Carril Los Viñedos. Era un ejemplo ilustrativo. Aunque en mi primer año sí me tomaba bastante el 122.

El transporte público, primer obstáculo a sortear. Aunque los novatos de hoy en día lo tienen mucho más fácil de lo que lo tenía yo: Google Maps te soluciona la vida. Sólo tenés que poner a dónde querés ir, y la bendita aplicación te indica qué colectivos tomarte y dónde está la parada. En mis tiempos (hace cinco miserables años, tampoco estoy tan vieja), no me animaba a tomarme un micro sola ni en pedo, a no ser que estuviera total y absolutamente segura de que ese era el que iba a llevarme donde tenía que ir, y que iba a saber dónde bajarme. Cada vez que doblaba me daba un mini ataque de pánico, como si el camino hasta mi destino fuera en línea recta, o como si un simple cambio de dirección fuera a hacer que ya no pudiera encontrar la parada donde debía bajarme.

Pero no se preocupen: esos tiempos pasaron. De a poco, la necesidad fue haciendo que me animara a tomarme más y más variados colectivos, haciendo combinaciones y (IMAGINATE LA LOCURA) ¡tomándome de vuelta uno distinto que el que me había tomado de ida! Soy casi una lugareña. Hasta pido que me pasen la RedBus (la SUBE mendocina) cuando la mía no tiene saldo, pagando mi pasaje en efectivo al solidario o solidaria que acepte mi propuesta.



Y hablando de transporte: qué difícil acomodar tu vida cuando tenés responsabilidades en una ciudad y una familia en la otra. Al principio querés volverte todos los fines de semana, lo que se vuelve agotador. Después empiezan los parciales y la vuelta pasa a ser cada 15 días. Después de 6 meses ya te hacés amigos, empiezan las salidas y las juntadas y las vueltas a casa ocurren cada vez con intervalos más largos. Pero siempre hay algo que te recuerda que tenés familia y que hay que volver: abrís la heladera y ves que sólo te queda una lechuga, o de pronto ya no tenés plata, o te das cuenta que la montaña de ropa sucia que hay en el piso de tu pieza no se va a lavar sola. O, simplemente, tu vieja te llama y te pega la puteada de tu vida, con lo que el único movimiento posible pasa a ser correr a la terminal a comprarte un pasaje para ir a verla, para que compruebe con sus propios ojos que estás viva y que no te metiste en una secta satánica cuyo propósito era abrir una puerta a la dimensión desconocida usando drogas psicodélicas.

Sea cual sea el motivo, volvés. Pasás dos o tres días con tus viejos, salís a pasear y caminás la ciudad donde creciste. ¿Cuándo fue que abrió ese negocio? Esa rotonda no estaba la última vez que pasé. ¿Cuál era la calle Bufano? ¿Y por qué ya nadie va a ese bar que me encantaba?

Es triste ver cómo tu ciudad crece mientras vos no estás, y confundirte las calles porque ya no te acordás. Pero es hermoso volver y sentir la paz, el cobijo, del lugar donde naciste. Y ahora no entendés por qué te fuiste, no entendés cómo hace un par de años puteabas a ese “pueblo de mierda” en el que ahora soñás ver crecer a tus hijos. Te prometés que vas a empezar a volver más seguido.

Pero eso no va a pasar.

No es lo mismo el otoño en Mendoza ♫

Estudiar en otro lugar es vivir en otro lugar. Después de un año, es ahí donde tenés tu casa, tus amigos y tus responsabilidades. Donde empezás a formar hábitos y costumbres: la cerveza en el kiosco cerca de la facu, la salida al cine una vez al mes, la juntada a tomar mate los domingos, la charla con el verdulero a una cuadra de tu departamento. En ese otro lugar, aprendés cosas que no podrías haber aprendido quedándote en tu ciudad: limpiás el baño, pagás impuestos, sacás manchas de fernet, hacés comidas al horno y doblás la sábana con elástico. Bueno, quizás eso último no. Pero casi.

Entonces empieza la dualidad: ¿dónde está mi hogar? ¿Dónde quiero vivir? ¿Dónde quiero trabajar?

Y no es más que el comienzo: todavía quedan mil decisiones que tomar.
La semana pasada les conté los pasos que sigo al ponerme la crema para peinar luego de salir de la pileta, y la anterior hablé sobre cómo mantengo mi color con tratamientos naturales. Hoy toca la parte fundamental y más larga del cuidado del pelo en verano: la parte de la ducha.


La ducha. Ese lugar mágico alejado del resto del mundo, donde sólo existen los propios pensamientos y el sonido del agua al golpear el suelo. La rutina que sigamos en la ducha es fundamental para el cuidado de nuestro pelo, y como dije en entradas anteriores no es tan importante qué productos utilizamos como de qué manera nos lo ponemos.

Para empezar, el pelo se lava día por medio, porque las grasas que produce la piel de la cabeza fortalecen las raíces y mantienen el pelo sano y brillante. Sin embargo, esto no siempre es posible en verano, porque entre chapuzones en la pileta, deportes y otras cosas que hacemos en esta época, hay que bañarnos más seguido. Así que es importante que lo lavemos con todo el cuidado posible, para evitar caer en tratamientos de keratina o baños de crema de varias horas para revivirlo.

Entonces, como decía, nos metemos a la ducha. El agua, tibia, primero porque hace demasiado calor para ponerla caliente a tope y segundo porque el agua muy caliente daña también el pelo. Y empezamos la rutina.

El primer paso, obviamente, es mojar el pelo. Cuando lo tenés tan largo como yo, lo mejor es dejar que el agua corra hacia abajo, desenredando naturalmente los mechones más gruesos.


Una vez mojado, sin quitar el exceso de agua me pongo un poco de shampoo en las manos y masajeo con las yemas de los dedos (nunca con las uñas) toda la cabeza, en especial atrás de las orejas y en la nuca. Luego, extiendo la espuma hacia las puntas, sin dejar de masajear. ¿Por qué no saco el exceso de agua? Porque así es más fácil remover la grasa y la suciedad: el shampoo no está hecho para funcionar por sí solo, si fuera así, nos lavaríamos el pelo en seco.

El paso siguiente es remover el shampoo, y una vez más, yo lo hago dejando correr el agua hacia abajo, echando la cabeza hacia atrás, masajeando las partes difíciles (detrás de las orejas y nuca) y dejando que la espuma se escurra por las puntas.
Hay gente que se pone el shampoo dos veces, pero yo sólo lo hago cuando es EXTREMADAMENTE necesario, por ejemplo, si pasé 4 días de campamento sin bañarme o algo así, o si estuve en el campo y literalmente tenía cascotes de barro en el pelo (cosa que ha pasado, créanme). En circunstancias normales, con colocar el shampoo una sola vez con mucha agua en la cabeza en mi opinión es suficiente, y lavarse dos veces lo único que logra es resecar el cuero cabelludo y, con él, el pelo.

¡Llegó la hora del acondicionador, y el mundo se pone patas arriba! No, en serio: tenés que poner la cabeza hacia abajo, colocando todo el pelo hacia adelante. Ahora sí, es importante que quitemos todo el exceso de agua posible, para luego colocar el acondicionador peinando suavemente con los dedos. Yo empiezo más o menos a unos cinco centímetros de las raíces, y de ahí hacia abajo hasta llegar a la punta, mechón por mechón para asegurarme de cubrir todo el pelo. No te preocupes si parece que tu pelo se ha enredado demasiado de repente: cuando lo vuelvas a poner hacia atrás y lo enjuagues, se desenredará solo.

Este paso lo inventé yo, pero es la única manera en que el pelo se me desenreda: así como estoy (cabeza abajo) me hago un rodete, levanto la cabeza y me pongo bajo la ducha al tiempo que lo desarmo y dejo que el pelo vaya cayendo solo, con la fuerza del agua. Después enjuago bien, masajeando hacia abajo, hasta que queda sólo un poco de acondicionador en las puntas.



Quito bien el exceso de agua apretando el pelo desde la cabeza hasta la punta, y llega la hora de la crema nutritiva o restauradora, que es parecida al acondicionador pero más espesa y con efectos más profundos. La manera de colocación es igual que los pasos anteriores: cabeza abajo, se coloca sólo en las puntas, y después en esa posición hacemos un rodete. Por lo general hay que dejar esta crema actuar unos minutos en el pelo, por lo que podemos aprovechar para lavarnos el cuerpo, y después enjuagar como indica el paso 6.

Este es el último paso a completar dentro de la ducha. Haciéndolos de manera rápida y eficiente (y con una sola pasada de shampoo) yo me tardo aproximadamente 10 minutos desde que abro el agua hasta que la cierro.

Una vez fuera del agua, hay que secar bien el pelo para no arruinar todo el tratamiento que le hicimos en la ducha. Por eso, es importante que usemos una toalla lo suficientemente grande como para cubrirlo todo (en mi caso, un toallón) y masajear suavemente con él el cuero cabelludo, apretando (NO estrujando) las puntas de abajo hacia arriba. Después podemos envolverlo con la toalla y colocarlo sobre la cabeza, cual sombrero africano, para terminar de secar el exceso de agua mientras nos ocupamos del resto de nuestro cuerpo (cremas, desodorante, ropa, etc).


Después de cepillarlo, (dividido en mechones y de abajo hacia arriba, como expliqué en la entrada de la semana pasada), y mientras todavía esté húmedo, me pongo tres gotitas de aceite sellador de puntas, para, justamente, sellar las puntas. Esto lo hago colocándome las gotitas en las manos, distribuyendo bien en toda la palma y los dedos, y poniendo el pelo hacia adelante empiezo a peinar con los dedos hacia abajo, primero en las puntas y después un poco más arriba, sin tocar las raíces para evitar la grasitud. Después lo dejo secar naturalmente o lo seco con el secador, depende del apuro que tenga.

¡Y listo! Esa es toda mi rutina de cuidado de cabello. Si sigo todos estos pasos, mantengo mi pelo claro, sano y fuerte durante todo el verano.


¿Ustedes le prestan alguna atención a su pelo? ¿Tienen recetas naturales o rutinas para su cuidado? ¡Cuéntenme en los comentarios!

Hace algún tiempo que en las redes sociales las feministas están planteando un pequeño desafío: ir a tu biblioteca y contar en tus libros cuántos hay escritos por una mujer y cuántos por un hombre. No lo había hecho hasta ahora porque entre mi papá y yo hemos llenado muchas estanterías por toda la casa y la verdad que contar todos los libros es un lío, pero de a poquito pude ir haciéndolo y saqué muchas conclusiones interesantes.

Conté los libros que serían solo míos (que compré yo y mi papá ha leído sólo algunos) por separado de los que pertenecen a la biblioteca de mi papá (de los cuales yo he leído algunos y a otros jamás me les acercaría porque hablan de finanzas y cosas raras que no entiendo). Después fui separando algunas categorías dentro de esas dos grandes, y finalmente sumé todos los libros para llegar a la triste y obvia conclusión de que en mi biblioteca habitan más hombres que mujeres.

Tengo que aclarar que conté por AUTORES, no por libros, ya que tengo varios libros por autor/a y se me iba a hacer un lío. Tampoco conté los libros escritos por más de un autor cuando estos tenían diferentes géneros, por el mismo motivo, y además porque eran minoría. Finalmente, no conté ninguno de los libros que he leído en formato digital, porque ahí sí que me iba a volver loca, por lo que este conteo está sesgadísimo, pero así es la vida. Vamos a los números.


En total, mi papá y yo tenemos 402 autores y autoras repartidos por toda la casa, 265 hombres (66%) y 137 mujeres (34%). Este resultado era más que obvio, teniendo en cuenta la poca visibilización que se le da a la mujer en la literatura (y en todo), pero lo interesante de este conteo no son los números, sino los datos cualitativos que los colorean.

De estos 402 autores, 154 son sólo míos. Una vez más, en el ecosistema bibliófilo de mi habitación se repite el patrón: hay 88 hombres y 66 mujeres, esto es un 57% de población masculina y 43% femenina. Esto me sorprendió a la vez que me complació, ya que esperaba que hubiera muchas menos autoras, pero la diferencia es bastante baja y creo que en un año, si no leo absolutamente ningún autor hombre (cosa que dudo), podría solucionarlo.


Los 248 autores restantes viven en diferentes puntos de la casa y han sido comprados en su mayoría por mi papá, quien cuenta 177 hombres y 71 mujeres. Esto es un 71% de población masculina y 29% femenina, una diferencia bastante más amplia que la que aparece en mi biblioteca. ¿Tendrá esto algo que ver con el hecho de que mi papá es un hombre cisgénero y heterosexual? ¿Tendrá relación con que hay varios libros en esa biblioteca que tratan sobre temas “duros”, como economía, finanzas y política? Estas son preguntas para las que no tengo respuesta, pero las dejo en el aire por si alguien tiene ganas de abrir el debate en los comentarios. (Está de más aclarar que yo a mi papá lo adoro, así que ojo con lo que dicen)

Estuve pensando también en otros motivos que pudieran explicar la diferencia de géneros entre mi biblioteca y la de mi papá. Para empezar, hace unos años (antes de conocer el feminismo) yo empecé a buscar por mi cuenta libros escritos por mujeres latinoamericanas, ya que los sentía mucho más cálidos y cercanos a mí, haciendo que disfrutara muchísimo la lectura. Así descubrí a Isabel Allende, Gioconda Belli y Liliana Bodoc, autoras que me encantan, y hoy me doy cuenta de que esa búsqueda casi inconsciente tenía que ver con una sed de identificación y de cercanía que otro tipo de autores no podían brindarme.

Gioconda Belli

Por otro lado, en mi biblioteca hay juvenil, mientras que en la de mi papá no, y la mayoría de las sagas juveniles que tengo son escritas por mujeres (Marissa Meyer, J.K. Rowling, Suzzane Collins, Anna K. Franco, Leigh Bardugo). También tengo una colección de romántica que salió hace poco en el diario Clarín, compuesta por 12 libros, de los cuales ninguno está escrito por un hombre, y varios libros infantiles que leí de chica, de los cuales un 53% están escritos por mujeres (entre ellas Elsa Bornemann, María Elena Walsh y María Inés Falconi; y entre ellos Luis María Pescetti, Quino y Michel Honaker).

En la biblioteca de mi papá, mientras tanto, hay muchas novelas históricas y de misterio, la mayoría escritas por hombres (John Grisham, Ian Rankin, Ildefonso Falcones, Ken Follet, Jorge Díaz). También hay una colección de libros de finanzas, compuesta por 10 libros, 5 escritos por un hombre, 4 escritos por varios autores de diferentes géneros y sólo uno escrito por dos autoras en conjunto.

Elsa Bornemann
Pero lo que más me indignó de la biblioteca de mi papá es una colección de libros que nos costó mucho conseguir y de la que estaba muy orgullosa hasta este momento. Se trata de unos 100 libros (aproximadamente) encuadernados en cuero, grandes y gordos, que reúnen las obras completas de “los autores más importantes e influyentes de la historia de la literatura”. Están Dante, Shakespeare, Béquer, Tolstoi, Cervantes, ¡hasta Dickens! Hay 23 autores en total. ¿Quieren saber cuántas mujeres hay? Creo que ya lo adivinaron. Exacto: cero.

A la mierda Virginia Wolf, Jane Austen y las hermanas Brontë. Al carajo con Mary Shelley y Louisa May Alcott. ¿Y Sor Juana Inés de la Cruz? ¿Quién es esa? Al carajo con todas ellas. Acá los “más importantes e influyentes” son ellos. A joderse.

Louisa May Alcott

Así que estoy asada, ardida, muy enojada con esa colección. Esto habla de la visibilización casi nula de la mujer a lo largo de la historia de la literatura, de cómo a pesar de que sea buena y venda bien y hable de temas importantes, su nombre nunca va a aparecer reconocido en las listas de grandes autores, ni la van a considerar una influencia de peso en la cultura. Y eso sólo por ser mujer.

Así que cada día estoy más decidida a seguir leyendo autoras, a descubrirlas y difundirlas, porque creo que su voz (nuestra voz) merece ser escuchada y reconocida.


Ustedes, comentaristas, ¿qué piensan de este experimento? ¿Se animan a hacerlo en sus casas? ¡Cuéntenme los resultados en los comentarios!
¡Hola a todos! La semana pasada les hablé de cómo hago para mantener mi color de pelo en verano con un tratamiento natural, después de haber estado todo el año oscureciéndose por el agua mendocina. Pueden ver esa entrada ACÁ. Por lo general, con los cuidados normales (o sea lavándolo día por medio con shampoo y acondicionador) y ese tratamiento, mi pelo suele mantenerse sano. El problema empieza en enero, cuando dejo de trabajar y eso inevitablemente lleva a que me meta casi todos los días a alguna pileta. Además, el tenerlo todo el tiempo atado en un rodete o una trenza hace que mi pelo se vaya resecando y quebrajeando, lo cual lo hace muy difícil de peinar.


Empieza la etapa de los cuidados extra.

Para empezar, es importante tener una crema para peinar que nutra el pelo apenas nos salimos de la pileta. Según mi experiencia, la marca de la crema no es importante, ya que he usado muchas diferentes y no noto una diferencia significativa entre ellas, así como también he usado algunas caseras y encuentro el mismo resultado, con pocas variaciones. En mi opinión, lo que realmente cuenta es cómo te la aplicas, así que vamos a ello.

Lo que a mí más me resulta es desatármelo antes de salir del agua, mojarlo colocándolo con el agua hacia atrás y apretarlo con las manos para sacar la mayor cantidad de agua posible (APRETARLO, no estrujarlo). Este paso no es estrictamente necesario y puede hacerse también con una manguera o una ducha pública.

Después, lo coloco hacia delante agachando la cabeza y me pongo la crema para peinar (la cantidad depende de cuánto pelo tengas), priorizando las puntas. Lo normal es que, mientras pongo la crema, el pelo siga goteando, pero no pasa nada. Seguimos apretando mechón por mechón, hasta que todo el pelo esté cubierto, y una vez terminado, volvemos a colocarlo hacia atrás.


Ahora viene la parte más aburrida: el cepillado. Es importante que el cepillo o peine sea adecuado para tu pelo, o puede llegar a costarte mucho desenredarlo. Hay que tener paciencia, separando en mechones y yendo por partes de abajo hacia arriba, pero si hiciste bien los pasos anteriores no debería tomarte mucho tiempo terminar.

El último paso consiste en apretar (no frotar ni estrujar, por favor) el pelo con una toalla, para sacar el exceso de agua y crema. Después, si tenés el pelo con ondas, podés hacerte un rodete (no muy apretado) o colocarte el pelo en una torzada grande a un costado. Si tu pelo es lacio como el mío, lo mejor que podés hacer es dejar que seque así como está, libre como el viento (?) o, si estás apurada, usar el secador.


Este procedimiento (excepto quizá la parte del cepillado) puede aplicarse a varios tipos de pelo: liso, ondulado o con rulos, y de cualquier color. Usualmente tardo unos 10 minutos en completar toda la rutina.

La crema para peinar nutre y protege el pelo después de haber estado expuesto al sol y a los químicos que se ponen en la pileta para mantener el agua limpia, pero no es suficiente para nutrirlo. Otra desventaja que le veo es que cuando el pelo se seca queda pastoso y algo difícil de peinar, lo cual es irónico porque justamente se llama “crema para peinar”. Sin embargo, mi pelo siempre queda más suave y lindo después de ducharme si he usado antes la crema, que si no la he usado.

Esto es lo más ultra-mega-hiper básico del cuidado del pelo en verano. Creo que casi nadie lo explica por considerarlo obvio o irrelevante, pero nadie nace sabiéndolo, y es increíble la diferencia que se nota cuando seguís estos pasos que cuando te pones la crema así nomás, un poco en las puntas peinando de cualquier manera y ya está. Yo tardé bastante en descubrir todos estos pequeños trucos que aumentan la efectividad de los productos que nos ponemos en la cabeza, así que vengo acá a hacerle la vida un poco más fácil a todos los que todavía no lo han descubierto :D

Entonces, cuéntenme: ¿tienen ustedes algún procedimiento específico para cuidarse el pelo después de salir de la pileta? ¿Cómo se lo mantienen desenredado las chicas con muchos rulos? (Esto me genera genuina curiosidad)

¡Los veo en los comentarios!
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