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Qué tipo enfermo de la cabeza, ese Alex, ¿no? Ama la violencia por la violencia, es inconsciente hasta la médula, no le importa absolutamente nada. Es un alma malvada pululando por las calles de una ciudad librada al crimen y a la locura.

¿Es posible la existencia de una persona así? ¿Es posible esa total y completa indiferencia ante el dolor del otro? Lo que es aún más intrigante: ¿puede un adolescente de 15 años descarriarse hasta este punto?

La respuesta rápida es sí, puede. Tenemos la prueba frente a nosotros, todos los días en los noticieros: niños matándose entre sí, llevando armas a las escuelas. Niños que roban, y que matan o hieren para robar. Niños y adolescentes que matan en la guerra, disfrazados de soldados pero con armas de verdad. Tenemos películas basadas en hechos reales, como Ciudad de Dios (si no la vieron, véanla porque es increíble), que nos revelan una violencia mucho mayor a la imaginable en niños pequeños, pero pequeños de verdad, de no más de cinco años.
En fin, hemos visto demasiadas pruebas de que la violencia en la infancia sí existe, es posible. Pero lo de Alex es... es escalofriante, extraño e intrigante.

Porque, según mi teoría, Alex no es un adolescente normal, sino que padece una enfermedad mental: el trastorno de conducta disocial.
"La característica esencial del trastorno disocial es un patrón de comportamiento persistente y repetitivo en el que se violan los derechos básicos de los otros o importantes normas sociales adecuadas a la edad del sujeto." - DSM-IV (ya sé que ya salió el V, pero todavía no he podido estudiarlo bien, ok? Van a tener que disculparme en eso)
Este trastorno, que está incluido dentro de los manuales psiquiátricos de clasificación diagnóstica, tiene su inicio en la infancia o en la adolescencia. Como debemos recordar, Alex no tiene 20 años (como parece en la película) sino que tiene unos dulces y tiernos 15 años. La flor de la adolescencia, cuando las hormonas están en el auge de su gobierno sobre la conducta.

Entonces tenemos un Alex impulsivo, lleno de ira y de deseo sexual, que lo hace todo porque sí. Como ya dije en mi reseña de La naranja mecánica, Alex se aburre, entonces destruye. Y sólo por eso, este Alex es extremadamente peligroso para sí mismo, pero sobre todo para los demás. 
Algo muy importante para destacar de los niños con un trastorno de conducta disocial es que tienen muy poca empatía, o no tienen en absoluto. ¿Qué es la empatía? Según Wikipedia, es:
"La participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona".
Es decir, es la capacidad para ponerse en el lugar del otro, y decir "che, creo que le estoy haciendo daño. Quizá debería parar". O al contrario, si alguien está muy feliz, poder identificarnos con esa felicidad ajena y sentirla también, genuinamente, en nuestro propio corazón.

Resulta que Alex es absolutamente incapaz de estos sentimientos. Cuando daña a otros, no se percata de que sus acciones pueden tener consecuencias a largo plazo para sus víctimas, a menos que esas consecuencias lo afecten a él directamente. Para él, "ser malo" es un negocio, un estilo de vida, y así como se respeta la forma de ser de los buenos, el mundo debería respetarlo también a él. Aunque otras personas salgan heridas por ello.
"Si los liudos -muchachos, en nadsat- son buenos es porque les gusta, y ni se me ocurriría interferir en sus placeres, así que lo mismo deberían hacer en el otro negocio. Y yo soy cliente del otro negocio."
Normalmente, los niños que sufren este trastorno transgreden la ley, es decir, no son simples niños traviesos, sino que van más allá causando daños a otros niños, a otras personas mayores y hasta a animales, obteniendo satisfacción con ello. También son comunes la destrucción de propiedad pública o privada, las mentiras, las fugas de casa durante la noche, los robos, etc. Y, por lo general, no demuestran tener sentimientos de culpa o remordimiento por sus acciones.
En La naranja mecánica, vemos que Alex y sus drugos realizan todas y cada una de estas acciones en un puñado de capítulos, y parecen disfrutar enormemente con ello. La ausencia total de empatía se evidencia a cada minuto.
"Poco después corríamos entre árboles de invierno y sombras, hermanos míos, todo estaba oscuro, y en un lugar los faros alumbraron algo grande con una rota -boca- que gruñía y mostraba los dientes, y luego gritó y reventó bajo el auto, y el viejo Lerdo en el asiento trasero casi se orina de risa."
Este es uno de los fragmentos que más me dolió de todo el libro, porque te metiste con los animales, Alex. Con los animales no, porque se me estruja el corazón. ¿Ven? Eso es empatía, algo que el protagonista no alcanza a comprender.
En este sentido, entonces, resulta que cuando le quitamos la violencia al protagonista, también la vida pasa a ser para él algo inasequible, incomprensible, porque se le hace difícil conectar con otras personas e interesarse por ellas. Todas sus tendencias lo han arrastrado siempre a quebrantar la ley, a destruir y dañar, pero cuando esto le es arrebatado de la manera más artificial y repentina, su vida parece truncarse y todo va de mal en peor. 

Sin embargo, la mentira como acto transgresor persiste, ya que podemos atisbar que Alex, a pesar de no lograr golpear directamente a alguien debido a los efectos del experimento Ludovico, se mofa internamente de su bondad, mientras que en el exterior se muestra como un perfecto señorito inglés.
"Pero yo no debía abrir la rota -boca-, pues ahora necesitaba ayuda y bondad. Los horribles y grasños brachnos -sucios bastardos- de aquel terrible mesto -lugar- blanco me habían hecho así, obligándome a necesitar bondad y ayuda, e imponiéndome el deseo de dar yo mismo bondad y ayuda, si alguien quería recibirlas (...) Hermanos, yo no entendía ni un slovo -palabra-, aunque tenía la rota -boca- bien abierta para responder a todas las preguntas."
Con esto quiero destacar que el trastorno de conducta disocial no es algo que pueda truncarse de un día para el otro con un simple tratamiento de condicionamiento clásico (cosa que también explico un poco en mi reseña del libro), sino que requiere un arduo trabajo de aprendizaje, donde el sujeto pueda desaprender esas conductas desadaptativas (porque van en contra de las normas sociales y, por lo tanto, lo convierten para siempre en un marginado), y aprehender nuevas formas de interacción con el mundo, dando así un nuevo sentido a su vida.

Sin embargo, el curso de este trastorno es variable, y puede evolucionar hacia un trastorno de personalidad antisocial (algo así como un psicópata/sociópata en toda regla), o remitir completamente y pasar a ser un adulto normal.

En sus manos está, queridos lectores, el descubrir en qué dirección decantó la historia del protagonista de La naranja mecánica, ese adolescente lleno de demonios que tuvo que transitar un camino de lecciones y castigos para descubrir la verdadera esencia de la existencia humana.
Resulta que hace poco rendí Psicopatología II, y como la materia me encanta y justo después leí El Túnel, quedé manija (o sea, una mezcla entre emocionada y obsesionada, no sé cómo se dirá eso en sus respectivos países) y me dieron ganas de hablar un poco más del tema.
Antes de seguir quería avisar que voy a poner SPOILERS del libro, aunque no sé si puedan considerarse spoiler ya que la historia empieza contándote el final (?) Pero bueno, voy a hablar del libro en su totalidad, así que si quieren leerlo sin saber nada del desarrollo del mismo, cierren todo y vuelven cuando lo hayan terminado.

Para empezar, hablemos un poco del autor: Ernesto Sábato. Este genio de la literatura argentina nació en el Gran Buenos Aires, en 1911. Sólo escribió tres novelas, y todas tienen esa onda existencialista y "hundida" en la psicología de sus personajes que tiene El Túnel. Ganó cientos de premios, y fue una figura bastante influyente en la turbulenta historia política de Argentina en el siglo XX: muchos medios e incluso presidentes buscaban sus opiniones sobre temas de actualidad.
Miren que SWAG tenía el viejo ;)
Cuando en una entrevista le preguntaron por los temas de su novela Sobre héroes y tumbas, contestó:
"(...) lograr mediante el lenguaje poético lo que jamás se logra mediante documentos de partidarios y enemigos; intentar penetrar en ese corazón que alberga el amor y el odio, las grandes pasiones y las infinitas contradicciones del ser humano en todos los tiempos y circunstancias, lo que sólo se logra mediante lo que debe llamarse poesía, no en el estrecho y equivocado sentido que se le da en nuestro tiempo a esa palabra, sino en su más profundo y primigenio significado."
Lo que me resulta fascinante de este hombre es que parece que jamás tuvo un acercamiento a la psiquiatría o a la psicología, al menos a un nivel académico formal. Quizás haya investigado sobre el tema (porque era muy culto, que por algo lo consultaban hasta los presidentes), pero su comprensión de la psiquis humana parece surgir de una intuición y observación propias.
En mi reseña del libro de Sábato mencioné algunos síntomas que son patognomónicos de un trastorno delirante. 
Pero pará, ¿qué significa patogNO SE QUÉ?
Un síntoma patognomónico es aquel síntoma que, si está presente, casi que nos asegura la presencia de un trastorno determinado. Por ejemplo, si tenemos tos, fiebre y dolor corporal, seguro tenemos gripe, porque éstos son signos patognomónicos de la gripe.

Pero volvamos a El Túnel. Cuando terminé de leerlo, ponía las manos en el fuego por que Juan Pablo padecía un trastorno delirante. Este trastorno, que está dentro del grupo de las psicosis, se caracteriza por la presencia de delirios (duh), es decir, de ideas firmes e incuestionables para la persona que lo padece, pero que resultan incomprensibles para el observador, ya que son inderivables (provienen de la nada, o de una lógica demasiado personal y subjetiva).

Lo interesante del trastorno delirante es que, por lo general, el contenido del delirio es posible, hasta probable quizá. Es decir, no es que la persona que lo padece cree que las ballenas lo persiguen, porque esto es imposible, descabellado. En el trastorno delirante, la persona cree que su pareja lo engaña, que hay alguien enamorado de él, o que sus compañeros de trabajo están complotados contra él: todas estas cosas son perfectamente posibles, probables y han pasado antes.
Estos delirios están tan bien construidos que podrían engañar al observador distraído, y hacerle pensar que, por más increíble que parezca, todo es cierto. Pero si analizamos con atención su lógica, descubrimos que, en la base, hay una premisa delirante. Hay algo salido de la nada que al enfermo se le hace evidente, pero que no está anclado en la realidad.
"Pronto advertí que mi primera conclusión era una ingenuidad: había pensado (lo que es correcto) que no era necesario que María sintiese amor por Hunter para que él tuviera celos (...) [pero] tampoco era un inconveniente. (...) Ahora bien: ¿había motivos para pensar que María tenía algo con su primo? ¡Ya lo creo que había motivos!"
La lógica que se desarrolla en este fragmento es en apariencia correcta, pero parte de una premisa sin sustento: que Hunter siente celos de María. No hay en el libro nada que pueda asegurarnos esto, ya que Juan Pablo lo da por supuesto desde el día en que lo conoce y atribuye todas sus conductas a sus supuestos celos.

Sobre esa premisa falsa, se contruye luego una montaña de conclusiones, pruebas e hipótesis que no dejan ver que esa pequeña primera semillita no es real. Juan Pablo está convencido y hasta empeñado en convencerse de que María lo está engañando o lo está tomando por tonto.
"Con esta actitud sólo lograba aumentar mis dudas acerca de la naturaleza de su amor, puesto que yo me preguntaba si ella no habría estado haciendo la comedia y entonces poder ella argüir que el vínculo físico era pernicioso y de ese modo evitarlo en el futuro; siendo la verdad que lo detestaba desde el comienzo y, por lo tanto, que era fingido su placer. (...) Lo que más me indignaba, ante el hipotético engaño, era el haberme entregado a ella completamente indefenso, como una criatura."
Así, podemos pensar que Juan Pablo está desarrollando, a lo largo de la novela, un trastorno delirante de tipo celotípico. Las personas que padecen este tipo de trastorno están convencidas de que su pareja los engaña, y se apoyan en pequeños detalles que presentan como pruebas irrefutables de la veracidad de su delirio. 

"María y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba placer; María, pues, simulaba placer; María es una prostituta."
Es muy común que los pacientes con un trastorno delirante pasen desapercibidos, ya que además de que su delirio no es extraño, los ámbitos de su vida que éste no afecta se desarrollan de manera casi normal. La vida social de Juan Pablo, por ejemplo, no se ve afectada: mantiene conversaciones perfectamente normales con el marido de María, con Hunter y Mimí, y con demás desconocidos sin levantar sospechas de lo enrevesado de sus pensamientos.
Así es como los delirios van creciendo, ocupando cada vez más los pensamientos de la persona, volviéndose casi lo único en lo que puede pensar. Y Juan Pablo va cayendo en una vorágine cada vez más oscura, en la que sus pensamientos van a conducirlo a la conclusión más siniestra del trastorno: la necesidad de una venganza.

Los pacientes con trastornos delirantes son muy propensos a cometer actos delictivos. Y en el peor de los casos, matan. Se sienten humillados, agravados, y premeditan su venganza aún sabiendo que lo que van a hacer es ilegal. Matan porque lo creen justo, y luego se entregan, convencidos de que estaban en su pleno derecho de asesinar a esa persona.

Al ser el delirio de Juan Pablo de tipo celotípico, resulta muy adecuado que la escena del asesinato haya sido tan pasional:
"- ¿Qué vas a hacer, Juan Pablo?Poniendo mi mano izquierda sobre sus cabellos, le respondí:- Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho. (...) Un súbito furor fortaleció mi alma y clavé muchas veces el cuchillo en su pecho y en su vientre."
Toda la bronca, toda la humillación, toda la impotencia acumulada están volcadas en esas puñaladas. Si Juan Pablo hubiese sido una persona fría y calculadora, le habría bastado con clavar una vez el cuchillo en la zona adecuada (el corazón, o el cuello tal vez) y dejar que la herida hiciese su trabajo. Pero en Juan Pablo las emociones se mezclaron con ese acto enfurecido, y apuñaló cientos de veces como un autómata, descargando todo lo que durante semanas había estado sufriendo por ese amor tan patológico.

Es importante tener esto en cuenta porque pone de relieve que, por más que parezca un cabrón de mierda (perdón por el vocabulario, pero no se me ocurrió una mejor manera de describirlo), Juan Pablo está sufriendo. Todos sus pensamientos le hacen daño, pero no puede verlo, y tampoco detenerse. Y, aún peor, echa la culpa constantemente al afuera, a María, quien es el centro de todo su delirio.
Las personas con trastornos mentales sufren. Sufren porque no entienden el mundo, o porque creen entenderlo demasiado bien. También sufren porque el mundo es horrible, o porque no pueden controlarlo. Y sufren porque están constantemente, como Juan Pablo, persiguiendo una verdad que no les es posible alcanzar, tratando de asir algo en la oscuridad, buscando siempre una respuesta.

Juan Pablo creyó que esa respuesta era María, y por eso la quería consigo para siempre. Quería que fuera suya, controlarla, tenerla guardada para sí. Pero las personas no somos objetos que se pueden guardar en una caja de cristal. Y la impotencia de no poseerla llevó a Juan Pablo a la locura.

"(...) en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles (...)"

Sábato creó en El Túnel a un personaje que parece sacado directamente de un manual de psiquiatría, sin haber leído jamás algo como eso. Esto me lleva a pensar que quizá los seres humanos no somos tan especiales e impredecibles como creemos, sino que funcionamos según patrones, según una lógica que, como es propia, no alcanzamos a dilucidar. Que no somos más que otro mamífero caminando sobre la Tierra, tan solo un poco más complejos que los leones. Y que nos queda mucho por descubrir sobre nosotros mismos, antes de poder afirmar (con ese dejo de arrogancia que caracteriza a la especie humana) que somos seres superiores.
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